Sobre Ruedas | Relato de mi primer viaje sola a Lisboa

lisboa, fotografia viajera

Confirmado que mi relato de viaje sobre Lisboa, el primero que envié a un concurso, no fue seleccionado para optar a ningún premio en el I Concurso de Relatos de Viaje organizado por la Revista de Viajes Magellan me complace compartirles aquí en el blog, el relato que les envié:

“4 días me esperaban en la capital de Portugal y nada me hacía pensar que esa escapada se iba a convertir en algo más. Salí desde Málaga en autobús hacia Madrid con los nervios que se presuponen cuando un viaje comienza y sin imaginar que algo en mí cambiaría a mi regreso. Me disponía a hacer mi primer viaje sola; no lo busqué, no era el plan que en un principio había pensado junto a una amiga: fue la continuación de una organización que no quise dejar atrás. Con amiga o sin ella estaba decidida a salir de viaje.”

 

Transformé Lisboa en una realidad y se convirtió en el comienzo de mi carrera

 

estacion santa apolonia, lisboa

Nunca antes había planificado un viaje de la forma que preparé este. Día a día escribía en una libreta lo que conocería de la capital lisboeta sin demasiados detalles pues también quería sorprenderme; para cuando llegué, ya me sonaban y podía reconocer muchas direcciones y fotografías.

Salí de Málaga, lugar de mi residencia por la tarde y a Madrid llegué alrededor de las diez de la noche, había calculado el tiempo perfecto para trasladarme hasta la estación de Chamartín donde cogería un tren a Portugal que salía a medianoche. ¡Qué maravilloso medio de transporte es el tren! Mi favorito.

Quizás sea díficil de comprender que prefiera desplazarme en un tren durante más horas de las que dura el avión. El gigante con alas le resta esa pizca de romanticismo que aún hoy se mantiene cuando se viaja por carretera o en tren. Se llega más rápido sí pero también se disfruta menos y era más barato. Dormí, leí, vi una película, escuché música y soñé que estaba realizando lo que desconocía que iba a ser el centro de mi vida.

miradouro san pedro de alcántara, lisboa

No tenía ni idea que tuviera la “intuición viajera”, pero ahora que lo recuerdo en el momento en que el tren paró en la estación de Rossio y se bajó todo el tren, o al menos en el vagón en el que yo me encontraba se quedó solo conmigo, la intuición del viajero hizo que aguantara y permaneciera hasta la siguiente.

Al ver a tanta gente por la ventanilla arrastrando sus maletas por un momento me asaltó una duda: ¿será esta la estación? Busqué el mapa, saqué mi billete y el tren continuó la marcha, no sin antes confirmar al personal que la estación Santa Apolonia sería la siguiente. ¡Esa era mi parada!

Serían las seis y media de la mañana cuando desembarqué en una capital que estaba a punto de enamorarme. ¡Sí, me enamoró! Poco a poco y con cada acontecimiento Lisboa me fue atrapando y hoy en día sólo busco repetir ese sentimiento. ¡Me picó ahí! ¡Me picó el virus viajero!

 

Después de un primer café en la estación de Santa Apolonia me dispuse a buscar el metro para llegar al popular barrio de Chiado, conocido por ser el barrio de los poetas donde se encontraba el hostel donde me alojaría los siguientes 3 días y que fue decisivo para elegir mi hospedaje, otra intuición viajera. Entre una larga lista de posibilidades encontradas en la web, su nombre captó mi atención desde el primer momento: LISBON POETS HOSTEL:  Situado en la Rua Nova da Trindade número 2 en una quinta planta fue la primera sorpresa con la que Lisboa me bendeció la visita.

Según había visto en el mapa el hostel se encontraba próximo a una esquina y yo pensé en todo momento que aparecería, no sé por qué, en la esquina contraria, cuando acabando de subir los últimos escalones del metro enfrente de mí apareció una escultura de un poeta del siglo XVI, Antonio Ribeiro y a su izquierda una de las cafeterías más típicas y tradionales de la capital, Brasileira do Chiado donde cual cliente perenne y congelado se encuentra sentado el mismisimo Fernando Pessoa. Justo arriba de la famosa cafetería se encuentra Lisbon Poets Hostel.

 

vista del hostel de la plaza do chiado, lisboa

 

A las siete de la mañana me encontraba llamando al timbre de mi primera vez en un hostel, ese nuevo concepto de albergue con un diseño moderno y juvenil donde compartir habitación es algo más que dormir, un lugar donde se respiraba creatividad, cultura, ganas de aprender y de compartir. Un lugar que me recibió con una sonrisa y me despidió con amabilidad.

Como había llegado muy temprano aún no se había levantado nadie y no podía entrar ni ver la que sería mi habitación y mi cama, así que dejé la maleta en el cuarto de maletas y lavandería y Pedro, que creo recordar es como se llama el recepcionista que me recibió, me enseño y me explicó el funcionamiento de todo. Después de un rato haciendo las primeras fotos con mi nueva réflex que por fin había conseguido tener y que fue uno de los motivos por los que no me eché atrás en mi empeño de seguir con el viaje, leí que justo en el día de mi llegada se realizaba un walking tour desde el hostal y esperé y esperé para poder hacerlo y tener la oportunidad de compartir con otros mi viaje.

 

Lisboa: “Un lugar que me recibió con una sonrisa y me despidió con amabilidad”

 

No pudo ser. No caí en la cuenta que en Lisboa es una hora más y yo seguía con la hora española con lo que me cansé de esperar y decidí salir a reconocer el terreno tal como llegué, sola. (caí más tarde en lo del horario).

Para comenzar la aventura recorriendo Lisboa sólo me bastó salir a la plaza y ver que el famoso tranvía 28 pasaba por delante así que decidí coger la dirección de donde venía y eché andar llena de ilusión por capturar todo con la cámara que estaba estrenando y dejar una huella que se guardaría en 16 GB.

Sin haberlo planeado, en ese primer paseo descubrí justo lo que escribí en mi libreta: el Teatro Nacional de Sao Carlos, la Catedral Sé que hallé cuando pensaba que por ahí no iba a ningún sitio y desde la Catedral subí al Castelo de Sao Jorge, al que no entré porque me pareció caro, y lo rodeé paseando por unas calles encantadoras que podría jurar que se trataba del barrio judío o árabe.

 

tranvia 28 por chiado, lisboa

 

El Miradouro Santa Luzia fue el primero de los siete balcones que tiene la ciudad que descubrí así sin querer y por fortuna. 

Después de este estrené el tranvía 28 que me llevó de vuelta al punto de partida para conocer al fin mi habitación, darme una ducha y prepararme para mi primera noche en Lisboa que transcurrió como el día, caminando esta vez en dirección hacia la Plaza Lluis Camoes la cual andé y andé hasta terminar la calle y donde descubrí el edificio de la Asamblea, construcción que vería más tarde y de día.

 

asamblea general, lisboa

Amanecí temprano y me dirigí a conocer el Parque de las Naciones, ese lugar elegido para celebrar la exposición mundial de 1998, el primer sitio donde vi un parque musical y donde disfruté durante dos horas en el Oceanario de Lisboa (muy recomendable).

Regresé por la tarde temprano al hostel y me concedí un regalo: “ojeando una revista de agenda cultural y de eventos de la ciudad me enteré que se estaba celebrando en el Teatro Doña María II una nueva edición de teatro brasileño y sin pensarlo demasiado salí hacia la Praça Dom Pedro IV y me puse a la cola para comprar una entrada para la obra que tocaba”. No hablo portugués, ni mucho menos brasileño pero el teatro tiene esa magia que te permite comprender todo con pocos elementos.

 

praça don pedro, teatro don carlos, lisboa

Satisfecha por lo conseguido y contenta por lo andado descansé feliz en Lisboa. Tercer día en la capital portuguesa y me preparaba para visitar el otro motivo que me llevó hasta allí. Por 5 euros la entrada, el Museo da Marioneta (Rua da Esperança, 146) merece mucho la pena.

Si eres amante del teatro como yo y te apasionan las marionetas, ¡no te lo pierdas! Para llegar a él salí por una estación pequeñita pero con encanto, la estación de Cais do Sodré y que cerca había una zona que parecía de pescadores con buenas vistas al Puente 25 de Abril, un puente colgante parecido al de San Francisco que atraviesa el río Tajo.

Sin ninguna dirección ni ningún plan establecido caminé por una gran avenida que resultó ser la de Dom Carlos I y que me llevó hasta un gran edificio blanco, la Asamblea Nacional y como un segundo regalo viajero, sólo para mí, disfruté de un cambio de guardia. Desde allí, Lisboa ya la sentía muy cómoda y fácil de recorrer a pesar de sus cuestas.

Hacia el barrio de los poetas, por el camino descubrí un nuevo mirador, el Miradouro de Adamastor que solo fue el principio para descubrir otro de los grandes, el Miradouro Sao Pedro de Alcántara ya que con anterioridad ya vi otro de los más populares que fue el Miradouro de Engracia.

miradouro santa luzia, lisboa

 

Sobre ruedas iba el viaje, me sentía muy cómoda en la ciudad y me adapté rápido a su ritmo de vida. Estaba encantada en Lisboa y cuando mejor me encontraba tenía que empezar a decirle adios.

El tren salía al anochecer con lo que tenía toda la mañana para despedirme y regresé a la Avenida do Liberdade donde se encuentra el Hard Rock Café, un auténtico museo de la música donde disfruté de un rico café, paseé por Rossio, volví al Teatro Maria II, subí al Elevador de Santa Justa y desde ese antiguo acensor y por unos minutos admiré la ciudad que me despertó de mi letargo.

 

Desde la Praça do Comercio comencé a pensar en La Cápsula Viajera.

 

praça do comercio, lisboa

 

Unos años después aquí sigo caminando para dejar huella, una huella para compartir con el mundo, un mundo para capturarlo en fotografías, fotografías que se aprenden viajando y viajando es mi ruta para que todo vaya sobre ruedas.

 

Con un viaje comenzó un sueño y viajando quiero continuarlo

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